
Nunca la Puerta del Sol me pareció tan hermosa. Hacía años –desde las manifestaciones contra la guerra de Iraq de 2003- que no veía al pueblo madrileño salir a la calle de forma masiva, a reivindicar un estado de cosas diferente, a gritar que esta hipocresía no le sirve. Hacía tiempo que me lamentaba de que los españoles parecían -parecíamos- tan dormidos, tan anestesiados, por las comodidades de los pagos a plazos, los subsidios del paro y la telebasura, y Madrid me recibió con las protestas de Sol, con miles de ciudadanos paseándose por el centro de Madrid clamando por una democracia real, ya. Y había adolescentes, y jóvenes de veinte y de treinta años, pero también gente de cuarenta, de cincuenta, de sesenta, cargados de razones, de sonrisas y de buena onda, aunque, como algunos cantaban, las cosas “no están para reír, están para llorar”.
No vi consignas políticas. No vi pedir el voto por ningún partido; ni siquiera a favor de la abstención. Vi, sí, algunas primeras propuestas de un movimiento que se va perfilando, informe, dubitativo, que tal vez confunde lo anecdótico con lo esencial cuando reivindica el fin del Senado al tiempo que clama por unos medios de comunicación independientes. Pero, sobre todo, vi pancartas que exigen una democracia más participativa, que exclaman –con mucha razón- que son quienes provocaron la crisis financiera los que deberían pagarla. Denunciando que “nos sobra mucho mes cuando llegamos a fin de sueldo”. Que PP y PSOE no se diferencian en nada, y nosotros, limitados en nuestra irrisoria democracia representativa, hemos acabado “votando a quienes nos daban asco para que no ganen los que nos dan miedo”. Porque “si votar sirviera para algo, estaría prohibido”. Gritando que vivimos en una dictadura económica donde mandan los mercados. La dictadura del capital. Ya lo decía Marx, y a estas alturas, con unas contradicciones del sistema tan exacerbadas que le sorprenderían hasta al bueno de Karl, no hace falta haber leído El Capital para entenderlo. Pero ayuda. Marx y Engels sabían que la revolución socialista tenía que triunfar en un país industrializado. Porque, para Marx, la tecnología posibilitaba –ya en el siglo XIX- las herramientas para que los pueblos se sustentasen con jornadas de no más de ocho o diez horas de trabajo semanal, y ello permitiría algo imposible en anteriores épocas históricas: el trabajo comunitario, la participación política, la asamblea; en definitiva, un verdadero gobierno del pueblo, una democracia real. Los de arriba siempre lo supieron, y por eso desarrollaron poderosos sistemas de desinformación en los países más avanzados, esos donde la revolución popular podría -no en la agraria Rusia; no en la diminuta Cuba-, por primera vez en la historia de la humanidad, triunfar de veras. Y ahí está el caso extremo de Estados Unidos, donde se creen en cuento de la igualdad de oportunidades y un porcentaje sorprendente de la población sigue pensando que Barack Obama es comunista…
En esas estábamos, con nuestra Españita adormecida, cuando, Facebook mediante, se convocó una manifestación el 15 de mayo y los congregados en la Puerta del Sol no quisieron marcharse más. Le doy la razón a mi padre en que el 15-M se parece más al mayo del 68 –ese que en España nos perdimos, todavía envueltos en la caspa del franquismo- que a las revueltas árabes. Algunos de los lemas utilizados en Sol lo delatan: “Seamos realistas: pidamos lo imposible”. Son protestas de personas acomodadas, que no estallan por hambre ni por necesidad, sino por la conciencia de un orden injusto. Muchos madrileños recordaban en sus pancartas que nosotros, trabajadores, explotados del Norte, somos a nuestra vez explotadores del Sur en este estatus mundial que nos ha tocado, pero del que nuestro silencio nos hace cómplices. No lo queremos más. Hemos decidido salir a gritar. Hoy, 21 de mayo, día de reflexión, previa de las elecciones autonómicas y regionales en España, es más oportuno que nunca recordar el artículo 21 de la Constitución española: “Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa”. Los permisos al Ayuntamiento se piden para cortar calles, no para que nos dejen decir lo que pensamos en las calles. Que la calle es nuestra. Que ya era hora que nos acordáramos.
Insisto: corren buenos tiempos para recordar a Saramago y su Ensayo sobre la lucidez. ¿Qué pasaría si hay unas elecciones y no vamos nadie?
* Ilustro de nuevo con el siempre grande Vergara…
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada